miércoles, 10 de marzo de 2010

¿Piedras vivas de la Iglesia?


Hacía más de quince años que no visitaba Mongomo (Guinea Ecuatorial), la tierra natal del Presidente Obiang, y regresar por allí me hacía una ilusión muy grande; así que, en cuanto tuve una oportunidad, en Mongomo me presenté.

La verdad es que encontré una ciudad muy cambiada, con muchas construcciones nuevas y un interés evidente por urbanizarla y decorarla con gusto exquisito (salvo, quizás, ese discutible detalle de reservar al presidente Macías una plaza de honor en el solemne monumento dedicado a los presidentes guineanos).

Paseaba tranquilo por Mongomo cuando llegué a la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, y la verdad es que entonces me emocioné: el templo, recién restaurado, lucía una belleza y un esplendor exteriores dignos del más bello sueño. Como tengo por costumbre, saqué mi cámara de fotos para llevarme un recuerdo de tanta belleza, enseñársela a mis compañeros y poderla conservar para el futuro.

Pero, en cuanto me vieron con la cámara en ristre, unas cuantas mujeres de cierta edad, que rondaban por los aledaños de la iglesia, vinieron corriendo hacia mí, gritando, con caras descompuestas, llamándome de todo, pretendiendo impedir que hiciera fotos, y no sé si hasta intentado quitarme la cámara, ya que tuve que arrebatársela de las manos a una de mis contendientes. Me acusaban abiertamente de ser un espía, o algo peor…

Para aplacarlas un poco les señalé mi cruz, repitiendo con insistencia que era misionero; les comenté que conocía al antiguo párroco, que había trabajado largos años en Bata, que lo que estaba fotografiando era simplemente un templo hermoso, de lo que, como feligresas que de él eran, tendrían, más bien, que sentirse orgullosas… Nada de cuanto dije sirvió. Al contrario: “Los religiosos son los peores”, me espetó una de mis belicosas adversarias, que, por lo visto, debía de conocer bien el percal…

El altercado que se montó al lado de la parroquia cobró tales dimensiones que un policía me invitó amablemente a acompañarle a comisaría. Y allí me fui, en olor de multitud, como quien dice, aunque a mis numerosos acompañantes no les movía otra cosa que la curiosidad de saber lo que iba a suceder con el blanco.

“Está usted en buenas manos”, me dijo el comisario nada más llegar, para tranquilizarme, al tiempo que me ofrecía una silla. Me pidió la documentación y, también, que le explicara lo que sucedía. Le conté los hechos lo mejor que pude, en medio de una expectación inusitada en las ventanas de la comisaría, atestadas de gente de toda condición.

Terminada mi narración, el comisario confirmó con algún otro policía la veracidad de mis palabras, y, a continuación, enérgico, me invitó a tomar todas las fotos que quisiera, siempre que, como manda la ley, no fueran de militares, policías y establecimientos con ellos relacionados.

“Y si le molestan de nuevo, vuelva usted por aquí y arreglamos el asunto definitivamente”, me dijo como despedida. Para ese momento, todas mis acusadoras habían desaparecido como por ensalmo de las ventanas, y ya no volví a ver a ninguna de ellas en toda la jornada.

Aliviado, di gracias a Dios en la misma comisaría, y pedí una bendición del cielo para aquellos policías que tan mala fama tienen en Guinea y, sin embargo, tan bien se habían portado conmigo. Sólo lamenté que pudiera sentirme más a gusto entre policías que en la casa de Dios, que siempre y en todas partes me había acogido con las puertas abiertas de par en par. Y acudían a mi memoria con pena tantas y tantas experiencias intensas de fe, vividas en algunas míseras -pero tremendamente acogedoras- capillas del corazón de la selva guineana…

En fin: a aquellas señoras de Mongomo tan maleducadas, que seguramente se creían muy buenas cristianas, con sus coloridos vestidos llenos de imágenes religiosas y su, al parecer, hermosa fortaleza militar con pinta de iglesia, sólo puedo decirles que la verdadera Iglesia de Dios sólo se construye con piedras vivas, que son los creyentes. Es, por tanto, inútil contar con unas bellas paredes de cemento y pintura, si luego a los que se dicen cristianos el Evangelio de la acogida fraterna al forastero, de la ayuda generosa a quien la necesita, de tratar a los demás como queremos ser tratados, les resbala de una manera tan lastimosa como aquel día.

Por cierto: pude tomar mi foto. Ahí os la dejo. ¿A que es bonita?

Hermano Josean Villalabeitia

2 comentarios:

  1. Una historia tan real como creíble. Yo fui alumno de Carlos Lwanga cuando usted era profesor ahí, aunque no fuera mi profe. Que Dios le bendiga.

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  2. Un abrazo para todos los guneanos, en especial para quienes como tú se han entregado en cuerpo y alma a la extensión del Evangelio. Mis siete años en Guinea han dejado una honda huella en mi persona, y el cariño que de siempre me han mostrado muchos guineanos de toda clase y condición no va a ser anulado por esa mala experiencia de Mongomo. Gracias, amigo, por tus palabras y que Dios te bendiga también a ti.

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